Salvar el verano

Estas vacaciones de Semana Santa han sido particularmente polémicas por la dificultad a la hora de desplazarse debido a las medidas para que no se propagará el Covid-19. El año pasado, una gran mayoría de la ciudadanía entendió que no se celebrarán estas festividades y se restringiera la movilidad. De hecho, la polémica fue por el atasco, la larga cola de coches, que se originó en una entrada de Valencia. Sin embargo, este año ha sido diferente. Nos encontramos en un Estado de Alarma con unas restricciones diferentes al año pasado, que han sido muy discutidas cada una de ellas porque afecta diferentes sectores. Además, se han adoptado nuevas medidas para este periodo vacacional después de la experiencia posterior a las fiestas navideñas, disparándose el número de casos.  A raíz de estas medidas de restricción en medio de un periodo festivo se ha instalado diversas discusiones y opiniones al respecto. Persistiendo en el debate de economía versus salud pública.

Todas estas medidas que se están tomando durante el segundo de la pandemia global están basadas en la premisa de “salvar el verano” que hemos estado escuchado todos estos días atrás desde la finalización de las navidades. No quiero entrar en el debate sobre si las medidas son las oportunas o las correctas ni la comparativa con otros países europeos y no europeos (aunque este último no se aborda apenas). Tampoco en la guerra que la clase política plantea constantemente entre diferentes autonomías y diferentes niveles de gobierno. Aun así, voy a abordar un punto en común que tiene la clase política de todo el país. Gobierno y oposición. Nivel estatal, autonómico o local. Todos tienen el mismo punto de vista que lo refleja la premisa de “salvar el verano”. Lo que hay detrás de esa premisa es mantener nuestra economía, nuestro sistema de producción.

La economía española desde los años noventa se ha asentado en dos pilares fundamentales de los cuáles bien somos conocedores: la construcción inmobiliaria y el turismo.  El primer pilar se derrumbó en la anterior crisis económica al final de la primera década del siglo XXI. El segundo pilar se está desmoronando ahora con la pandemia global al restringirse la movilidad. Al menos, el turismo internacional. Es decir, nuestra economía se sustenta en un pilar con grietas. Este es el punto de común que tiene gran parte de la clase política de nuestro país, hay que preservar las mayores cuotas de turismo posible; y, por eso, no ser para de repetir una y otra vez esa consigna que es “salvar el verano”.

Entre las muchas debilidades y fortalezas que nos ha mostrado esta pandemia, la fragilidad de nuestra economía ha quedado latente. La falta de industria. La falta de diversificación. La debilidad de la estructura del Estado de Bienestar. O, mejor dicho, el colapso del Estado de Bienestar en una crisis sin precedentes. La socialización de las pérdidas, la privatización de los beneficios. La poca inversión en I+D+i y el capital humano propio del país. Los tipos de impuestos. Todas estas cuestiones económicas y muchas otras más se han demostrado a lo largo del último año. Estos aspectos económicos siempre han sido muy debatidos por toda la clase política; derecha e izquierda, nuevo y viejo, unionistas e independentistas… pero todos ellos han tomado decisiones en el cortoplacismo, especialmente pensando en la arena electoral. Eso ha provocado se mantenga un frágil equilibrio socioeconómico basado en la máxima de “si funciona, para que cambiarlo” por parte de todos aquellos que han gobernado y no han propuesto nunca un proyecto alternativo de país que asentará las bases de una economía sólida.

A diferencia de otros países europeos (con los cuales el nuestro se compara continuamente), España nunca supo invertir en su gente ni en su investigación ni universidades. De hecho, no es de extrañar que los dos ministros que ocupan esas carteras estén un poco desparecidos del panorama político. España siempre apostó por la construcción y por el turismo. Es más, el famoso vídeo de Españistán, de la burbuja inmobiliaria a la crisis de Aleix Saló deja claro que mientras los países europeos y otras potencias económicas invertían en I+D+i, España prefirió seguir con el modelo del ladrillo. Y, cuando se desinfló la burbuja inmobiliaria, la economía se sustentó en el turismo en vez de apostar en otros sectores y se persistió en el error. En resumen, no se aprendió de los errores del pasado y se siguió con el mismo modelo económico. Un sector con una alta precarización, que sólo da rentabilidad económica durante periodos puntuales y no genera estabilidad ni bienestar a la ciudadanía.

La clase política de nuestro país no apostó por sectores estratégicos. Tan solo en inversión de grandes obras e infraestructuras al más puro estilo keynesianista y desarrollado la promoción y marcas publicitarias para atraer turistas. No se han apostado por las energías renovables, se alargaba la vida de las energías fósiles y los hidrocarburos (de los cuáles somos dependientes). Una lenta y paulatina digitalización, la cual si se hubiera llevado con tiempo y financiación no sólo nos hubiera aportado mucho durante el confinamiento, con la España Vaciada también. El horizonte que nos han marcado y sus consecuencias serían muy diferentes a las actuales.

Al final del primer párrafo de este texto, se abordaba la falsa dicotomía “economía vs sanidad” (falso porque no tiene que ser exclusivo un aspecto del otro) en la que se encuentra el debate público. Este debate no existe en otro país europeo. Se apuestan por ambos aspectos: la economía y la sanidad. La confrontación más obvia en este sentido es la que tiene la Comunidad de Madrid con el gobierno central. La presidente interina Isabel Diaz Ayuso le ha marcado la agenda al gobierno central apostando por la economía alentando el turismo dentro de cierto de parámetros y por su falta de medidas sanitarias en la Comunidad de Madrid. En cambio, el gobierno central le demanda una y otra vez que tomen medidas al respecto. No es porque prime la sanidad sobre la economía, sino porque el periodo vacacional y con más rédito económico es el verano. Por eso, quieren tomar medidas sanitarias para salvar el verano. En el fondo, ambos están en el mismo barco: el barco de mantener el modelo económico y productivo del país.

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